Los guardianes de la vid

Los encargados de la Colección de Variedades de Vid El Encín, una de las más importantes del mundo, conservan en sus fincas como pequeños tesoros casi 2.000 castas de vitis vinífera, muchas de ellas en peligro de extinción.
La mayoría de nosotros podría escuchar nombres como Teta de Vaca, Corazón de Cabrito, Cuerno, Cañorroyo, Rayada Melonera, Castañal o Carrasquín y no adivinar nunca que se trata de variedades de uva españolas en peligro de extinción. Todo lo contrario le ocurre a Félix Cabello, doctor Ingeniero Agrónomo y director de la Colección de Variedades de Vid El Encín, para quien son parte de su vocabulario esencial y puede darles significado con todo lujo de detalles. La uva es un fruto bien conocido, y algunas de sus variedades incluso muy reconocibles para los amantes del buen vino, pero las antes mencionadas, y otros cientos, han quedado al amparo de unos pocos especialistas. Esto, nos cuenta Cabello, tiene su explicación…

El cultivo de la vid para el consumo de la fruta o la elaboración de vinos ha sido desde siempre uno de los pilares fundamentales de nuestra agricultura. El paso de los siglos ha ido generando una diversidad genética casi inabarcable, dando lugar en cada región a uvas de diferentes formas, tamaños, sabores y colores. Muchas tuvieron su momento de esplendor, pero los gustos y las obligaciones del comercio provocaron que algunas cayeran en el olvido; miles, más bien.

Los agrónomos de finales del siglo XIX entendieron esta situación y decidieron que la gran renovación del viñedo europeo provocada por la filoxera no debía dejarnos sin una muestra de uvas que en otros tiempos fueron valoradas. En España, el origen de esta inquietud surge en Haro en 1893, cuando se deciden a recoger y catalogar ejemplares de las variedades autóctonas ante la incesante llegada de variedades francesas que las arrinconaban.

En esta labor profundiza después el Servicio Agrario de la Diputación de Navarra, con el prestigioso Nicolas García de los Salmones a la cabeza. En las cercanías de Pamplona, por ejemplo, con motivo del Congreso Mundial de Viticultura de 1912, que inauguró el mismísimo rey Alfonso XIII, se construyó un gran edificio y se plantaron cepas de cientos de variedades diferentes procedentes de toda España para mostrarlas con orgullo a los insignes invitados extranjeros.

Tras el éxito de aquel evento García de los Salmones fue llamado a Madrid y, con él, se trasladó también su gran selección de vides. Este es el germen de la gran Colección de Variedades de Vid El Encín, que en las últimas décadas, bajo la tutela de agrónomos ilustres, no ha parado de crecer hasta convertirse en una de las más importantes del mundo. Existen otras, también destacadas, pero en España esta es la de referencia. Actualmente, el sustento económico le llega de dos instituciones públicas como son el INIA y del IMIDRA y su tutela recae en Félix Cabello desde 1999 .

La Colección de Variedades El Encín conserva ahora 3.532 accesiones de vid diferenciadas. Por grupos hay 852 portainjertos, 69 híbridos productores directos (H.P.D.), 111 Vitis spp. y 1.852 variedades de vitis vinífera, de las cuales 1.178 son de vinificación, 674 de mesa y 648 de vitis vinífera sylvestris. Son muchas, sí, pero la diversidad genética de esta planta es tan grande que, según la Organización Internacional de la Viña y el Vino, están catalogadas ya 6.154 variedades procedentes de más de 35 países. Las variedades surgen en muchos casos por mutaciones naturales y en otros por manipulación de los entomólogos que buscan uvas y plantas con características y resistencias específicas.

Comercialmente, explica Cabello, el mundo se ha decantado por el cultivo masivo de las uvas que más gustan en la elaboración de vinos y en el consumo como fruta, por lo que unas decenas de variedades copan el 90% de la superficie vitícola mundial.

Cabello es consciente de esta realidad y de que su labor y la de su “gran equipo” en El Encín es la de preservar, catalogar y evaluar variedades en peligro de extinción que guardan como auténticos tesoros.

La ampelografía de la vid ha posibilitado hasta ahora la distinción de las variedades mediante la observación de todos los elementos de la planta, pero la llegada de la identificación mediante el ADN ha aportado mayor seguridad científica y calidad en las analíticas. Esta labor de descripción es el día a día para el equipo que vigila la colección y controla las nuevas accesiones que van recopilando y enviándoles.

Cabello, como conclusión, anima a viticultores y bodegueros a usar el servicio que prestan y a seguir explorando entre las variedades autóctonas casi desaparecidas, aquellas que puedan aportar singularidad y calidad a los vinos actuales. Están a su servicio.

Viveros Villanueva tiene en este afán la esencia de su labor y estará también encantado en multiplicar en sus campos esas valiosas variedades casi extintas que un día, quién sabe, pueden obtener el reconocimiento de las grandes castas. Todos, en nuestra medida, podemos ser guardianes de la vid.
VVV